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lunes, 19 de noviembre de 2012

Gardner McKay




Gardner McKay









Hoy que he terminado unos compromisos vuelvo a las andadas (o a las voladas). De nuevo entro en mi solitario blog. Y quiero hoy mostrar algo que llevo días con ganas de contar. Aviso para que nadie se asuste precisamente porque lo que voy a mostrar, yo diría, que es algo sobrehumano; algo que, sin ser necesario, se aproxima a lo imprescindible. Me refiero al contenido de mi nueva sección: ¡Qué hombres!
Voy a recordar a "seres" de película, de novela, de fotografía antigua. Todos inaccesibles, ideales pero al mismo tiempo ¡reales! Y como ahí está la gracia, hay que mostrar estos especímenes que la naturaleza humana (o sobrehumana) ha hecho posible.


Y estrena sección Gardner Mackay (1932-2001).



Gardner McKay
Gardner McKay

Gardner McKay and Madeleine Madigan-mckay


Vamos a ver por donde empiezo. Este señor fue actor, artista y escritor. 

Como artista destacó en varias disciplinas:
Como escultor exhibió su obra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en diversas galerías.
Como fotógrafo publicó artículos y trabajó en viajes y retratos. Sus fotografías del rescate del SS Andrea Doria se publicaron a nivel internacional. Las fotografías se publicaron en The New York Times y  Life.
Como guionista:  escribió Stories on the Wind para la National Public Radio con más de doscientos programas.
Escribió poesía que fue recitada en una gira de cabaret llevada a cabo por Roscoe Lee Browne y David Soul.
Escribió varias novelas como Toyer, The Last American, Trompe L'Oeil, The Kinsman, Journey Without a Map (Autobiografía), Bloomsbury Square.
También escribió más de veinte obras teatrales.
También se dedicó a la crítica teatral 
Y, para colmo, dio clases en diversas universidades estadounidenses.
Una de dos, puede ser que Wikipedia mienta o que sea cierto lo que publica. Yo inevitablemente trato de comprender cómo se da semejante prodigio humano y al mismo tiempo se es tan espectacularmente guapo...





domingo, 5 de febrero de 2012

La cabalgata. Fin.

Fue curioso que, cuando preguntamos a algunos presentes si habían pasado los reyes, la respuesta fue unánime: cara de “no tengo pajolera idea” (“ni me importa”, añadiría yo…) Pero justo cuando nos dábamos media vuelta y avanzábamos hacia el resto de la ciudad, como por arte de magia ¡aparecieron los reyes! En efecto conseguimos ver a  alguno de ellos, sus carrozas nos daban igual, y los caramelos también (Para valorar los confetis todavía no habíamos vivido suficientes cabalgatas en Madrid) así que nos conformamos con eso: con estar, con intuir aunque fuera de lejos… Y yo me encontré un globo negro de vuelta a casa.

En fin, yo podría señalar dos mensajes: primero: que hay cosas que, aun estando delante de nuestras narices, son invisibles a nuestros ojos y segundo; que a menudo nos da por buscarlas sólo cuando todos ya celebran haberlas encontrado (lo cual tampoco facilita su localización...).

sábado, 21 de enero de 2012

La cabalgata (II parte)

Y nosotras instintivamente saltamos buscándole con cierta emoción… nuestros cuellos se estiraban, nuestras cabezas evocaban el ángulo adecuado, y no exageraré con los límites de lo natural de la órbita de nuestros ojos, pero no será porque no se intentara. Sólo conseguimos ver la cabeza de un perro gigante que parecía el cachorro de Scottex… nos miramos preguntándonos decepcionadas: ¿dónde está Pocoyo? ¿Ese es el perro de Scottex? Nuestra mutación en radares inútiles nos desinfló ligeramente, así que decidimos gravitar un poco más en el bulto en el que estábamos bien metidas. Había algunos pequeños huecos, estacionamos a la derecha de una familia de alemanes, detrás de mí dos gays, delante, a dos metros y al sureste parejas adolescentes que aprovechaban la invisibilidad de todo y de ellos mismos para darse el lote… Menos mal que también había niños. Me alegraba tropezarme entre tanto adulto, con sus caras de alegría perpleja. Y sin embargo, qué paradoja, ellos que estaban ahí, en posición preferente, cómodamente alelados, ellos que sí veían ¡no se estaban enterando de nada! No miento si digo que parecían más contentos sus padres que ellos…
En fin, lo dejamos estar aunque algunos chiquillos, incluso aquél que nos llegaba a la barbilla, nos transmitían esa dulzura pícara que tan fácilmente se contagia (hay quien lo llama instinto maternal…). Mi hermana ya tenía los pies fríos y el resto del desfile pasó delante de nosotros vacilándonos… Lo más aproximado que pudimos ver a lo que la televisión nos mostraba de niñas fue a los presentadores de la cabalgata que emitían en directo desde una cabina resplandeciente… Ahora que lo pienso, era como la carroza de Cenicienta, blanca, luminosa, con su princesa y su príncipe, pero quieta; delante de nosotros, detrás, el desfile.

domingo, 15 de enero de 2012

La cabalgata (I parte)

Ayala, Conde de Peñalver, Calle de Alcalá, metro en Manuel Becerra y a Cibeles. Túneles y salida en dirección… ¿cuál de ellas? Hacia donde vayan las familias cargadas de niños.
Llegamos: allí estaba la calle de noche, y la gente, y los lanzadores luminosos que confundimos con fuegos de artificio, y el magnífico edificio de Correos iluminado y más abajo, más tumulto, personas y grupos de personas. Entre la difusa posición en que nos encontrábamos (en algún lugar entre la boca de metro y la boca de Dora la Exploradora) había figuras de vendedores que coloreaban de onírica excursión nuestra presencia allí: seres de mirada rasgada vendiendo globos de colores, morenos bajitos vestidos con escaparates ambulantes (que lejos de parecer grotescos, evocaban un aire nostálgico de juguetes de lata y mujeres vendiendo castañas); había también un Papá Noel algo perdido, un cantante de Operación Triunfo con lindos ojos azules anhelando ser reconocido…
Dedujimos que a mayor proximidad con las vayas del desfile, mejor visión tendríamos del mismo. Así que avanzamos en un silencio de miradas hacia atrás: ¿me sigues, Angy? hacia los montones cada vez menos dispersos ¿por aquí? y más apretados. Como en un juego nocturno de tetris éramos “pieces” introduciéndonos en una maraña  mucho más gruesa que la serpenteante envoltura de la calle que se intuía en televisión. Poco a poco encontramos accesos, vacíos. Avanzar hacia la frontera entre el público y el espectáculo era misión imposible aunque no dejé de desear llegar en toda la noche. Hicimos tres paradas, avanzando tres posiciones como quien no quiere ya la cosa. Detenidas frente a una agotadora suma de cabezas, muchas espaldas con sus respectivas cazadoras, anoraks, saharianas, rebecas de lana, plumas, ponchos, chaquetones… De pronto todos los niños empezaron a gritar ¡Pocoyo! ¡Pocoyo!